Cada proyecto que se demora, se frustra o termina en otra ciudad deja algo más que una obra pendiente: deja empleo, actividad y desarrollo que nunca llegan a existir.

por Pablo Presas. Economista y concejal.

Vuelvo de Paraná después de participar de la 22ª Jornada de la Industria de Entre Ríos con una sensación que merece una reflexión local. Más de 500 empresarios, industriales, profesionales y funcionarios se reunieron bajo una consigna sugestiva: “Decisiones de hoy para competir mañana”. Allí se habló de productividad, tecnología, impuestos, empleo y, sobre todo, de inversión.

Frigerio, economista al igual que quien escribe estas líneas, resumió el problema en una frase: “El impuesto más caro es la inversión que no se hace”. Y detrás de esa idea hay un concepto central de la economía: el costo de oportunidad.

Una inversión que no se concreta no tiene costo cero. Aunque nunca figure en ninguna cuenta municipal, quedan por el camino empleos que no se crean, profesionales que no son contratados, materiales que no se compran, comercios que no venden, impuestos que no se recaudan y actividades que nunca llegan a existir.

Y quizás deberíamos preguntarnos cuánto costo de oportunidad viene acumulando Concepción del Uruguay.

No es una preocupación nueva. Ya en 2022, al realizar aportes para la reforma del Código de Ordenamiento Urbano, advertía que las normas debían ser herramientas al servicio de una visión estratégica de ciudad y no terminar convirtiéndose, aun con buenas intenciones, en obstáculos para la inversión. También señalaba que Concepción venía quedando comparativamente “chata” frente a Paraná, Concordia y Gualeguaychú, con poca construcción en altura y consecuencias sobre la oferta y el costo de la vivienda.

Hoy esa preocupación sigue vigente. Hace poco, un inversor analizó desarrollar un edificio de cinco pisos en nuestra ciudad. Finalmente llevó su inversión a Gualeguay, donde encontró mejores condiciones para concretarla. El edificio se hará; simplemente no se hará acá.

Ese es el costo de oportunidad.

A eso se suma otro costo menos visible: la falta de previsibilidad y las demoras burocráticas. Para quien arriesga capital, no saber cuánto demorará una autorización, qué interpretación tendrá una norma o cuántas oficinas deberá recorrer también pesa. La burocracia, cuando se vuelve imprevisible, funciona como otro impuesto a la inversión.

Otro ejemplo reciente es la posibilidad, explorada durante los últimos dos años, de instalar una nueva estación YPF en uno de los terrenos triangulares próximos al Monumento a Urquiza. La iniciativa chocó con una situación catastral y dominial heredada de épocas en las que allí debían preservarse áreas de visibilidad vinculadas al cruce de rutas y ferrocarril. Finalmente, los interesados adquirieron otro terreno en la ciudad, aunque todavía no han decidido concretar la inversión.

El caso deja una enseñanza: problemas jurídicos o administrativos antiguos, cuando permanecen sin resolver, pueden terminar condicionando decisiones de inversión actuales.

También tenemos ejemplos que muestran que se puede avanzar. El proceso para recuperar el Mercado Municipal 3 de Febrero sigue en marcha y la Comisión Municipal de Iniciativas Privadas recomendó por unanimidad una propuesta que compromete una inversión de $2.400 millones. Ojalá pueda concretarse cuanto antes.

Lo mismo vale para la propuesta de un hotel de categoría y centro de convenciones en la Isla del Puerto. Deberá atravesar todos los estudios ambientales y técnicos necesarios, con reglas claras y exigencias precisas. Pero también merece ser analizada como una inversión capaz de mejorar nuestra competitividad turística, y no descartada antes de estudiar seriamente su viabilidad.

Mientras tanto, otras ciudades avanzan. En Gualeguaychú se construye un centro logístico de Mercado Libre que proyecta generar entre 80 y 120 empleos directos. En Colón avanza un resort turístico con una inversión inicial cercana a los 5 millones de dólares, alcanzado además por un régimen municipal específicamente creado para incentivar nuevas inversiones.

No se trata de competir infantilmente con nuestros vecinos. Se trata de observar qué están haciendo y preguntarnos qué estamos haciendo nosotros.

Volviendo de Paraná, la diferencia se percibe cada vez más. No sólo en la foto, sino en la película. Las ciudades no quedan atrás de un día para otro: quedan atrás inversión tras inversión, proyecto tras proyecto, oportunidad tras oportunidad.

Quizás uno de nuestros mayores riesgos sea habernos acostumbrado a crecer poco.

Concepción necesita reglas claras, planificación, trámites previsibles y una actitud mucho más activa para atraer inversión. El Estado debe controlar, ordenar y proteger el interés colectivo, pero también generar condiciones para quienes están dispuestos a arriesgar capital. Y las organizaciones empresariales, profesionales y de la sociedad civil deberían asumir un rol más activo en detectar obstáculos, proponer soluciones y exigir mejores condiciones.

Porque el costo de oportunidad casi nunca se ve. Podemos contar las inversiones que llegaron. Mucho más difícil es contar los edificios, empresas, hoteles, empleos y proyectos que nunca existieron porque no supimos generar las condiciones para que ocurrieran.

Sin inversión productiva es muy difícil sostener el crecimiento económico. Y sin crecimiento económico, también se vuelve más difícil financiar, sostener y ampliar muchas de las políticas sociales, ambientales, culturales y urbanas que hacen al desarrollo de una comunidad.